Una noche más, ahí se encontraba. Acurrucado en un rincón, abrazado a la almohada, manteniendo los ojos cerrados e intentando conciliar el sueño. No importaba el trabajo que hubiera hecho durante el día, la suave música que escuchaba para relajarse, las últimas palabras leídas de un libro a medio terminar, aquella última taza de té para calmar su interior. Nada lograba que se rindiera al sueño.
Cansado de seguir intentándolo en vano, abrió los ojos.
La luz de las farolas que se colaba entre las rendijas de la persiana era lo único que le separaba del mar de sombras que inundaba la habitación. Sombras que tomaban la forma de todo aquello a lo que temía, lo que detestaba, lo que deseaba. Monstruos que cobraban vida gracias al poder de aquella imaginación que en estas ocasiones siempre maldecía. Incapaz de seguir viendo cómo las sombras se acercaban más y más sin poder hacer nada para evitarlo, volvió a cerrar los ojos y se arropó lo mejor que supo. Estaba temblando.
Pero no estaba asustado, porque sabía que solo era su imaginación. El único monstruo que se encontraba en la habitación esa noche estaba refugiándose entre las sábanas.
Y lo único que lograba reconfortarle era el calor de sus lágrimas.
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